Sueños: el arte de Morfeo

A lo largo de la historia, chamanes, sacerdotes y psicoanalistas han tratado de descifrar las claves ocultas que se plantean en las alucinaciones que aparecen mientras dormimos. Premoniciones, revelaciones o frustraciones han revestido con aires de interpretación la esencia de este mundo paralelo. Pero, ¿sabemos acaso cómo se teje la trama de los sueños?

La cualidad del mundo onírico está estrechamente relacionada con la manera en la que percibimos el entorno. En casi todos los sueños predomina el contenido visual. El lenguaje, donde reside la quintaesencia del ser humano, no parece tan fundamental en los sueños y sólo el 60% de los sueños tienen contenido auditivo. Movimiento y sensaciones tactiles aparecen en el 15% de los casos, mientras que el gusto y el olfato sólo aparecen en el 5%. Naturalmente, estos porcentajes cambian en personas privadas de alguno de estos sentidos de nacimiento: las sensaciones del entorno condicionan el contenido perceptual de los sueños. Cuando dormimos, la percepción se puede producir a partir de procesos mentales internos. Se genera así un tipo de experiencia consciente de tipo alucinatorio a la que damos el nombre de sueño. La actividad cerebral cuando soñamos es muy similar a la del estado despierto relajado, con dos diferencias fundamentales. La primera es que, aunque el cerebro manda ordenes a las neuronas motoras, éstas están bloqueadas por un mecanismo de seguridad que impide el movimiento. Lo único que se mueve cuando soñamos es el globo ocular, que oscila rápidamente de un lado a otro (rapid eye movements: REM). La segunda diferencia radica en la relación estímulos externos-percepción consciente. Durante el sueño, el filtro sensorial hace que la información procedente del mundo exterior no sea accesible a nuestra conciencia. Entonces, ante la ausencia de este marco de referencia sensorial, hay procesos mentales internos que, libres de restricciones, pueden desencadenar un tipo de actividad cerebral parecida al estado despierto dando lugar a una experiencia consciente. Conviene recordar que la percepción del entorno, lejos de ser una experiencia pasiva y objetiva, va a estar condicionada por una serie de mecanismos intrínsecos: la memoria, los mecanismos afectivos y los mecanismos atencionales, que dirigen la atención de la conciencia hacia los diferentes estímulos. Así, memorias y sentimientos contituyen el óleo y los pigmentos que van a llenar de color y contenido el lienzo de este nuevo mundo perceptual.

“La mente elabora el sueño a partir de memorias y sensaciones”

Sin embargo, aunque las pinceladas sean caóticas, los sueños no son un mero subproducto de actividades mentales internas. De hecho, sujetos a los que se les impide entrar en fase REM durante el sueño sufren ciertos transtornos mentales de tipo neurótico y una especie de necesidad por recuperar los sueños perdidos cuando duermen. Es más, al inducir una privacion total del sueño se producen alteraciones de tipo psicótico y, si se prolonga en exceso, la muerte. Al parecer, la propia actividad de soñar, más que el contenido de los sueños, es lo realmente importante en términos de función neuronal: poner al soñador en un contexto totalmente diferente al mundo real. Pero, ¿para qué?.

Ontogenia y filogenia del sueño.

Existen diferentes teorías sobre la función de los sueños, algunas de las cuales, como la de conexión consciente-subconsciente y la de mecanismo de consolidación de memorias, han perdido fuerza con el paso del tiempo. El soñar parece particularmente importante en las primeras etapas de la vida del ser humano. El recién nacido pasa 12 horas en fase de sueño REM de las 18 diarias que se pasa durmiendo. Se ha propuesto que el sueño REM facilita el desarrollo de la autoconciencia y de la distinción observador-mundo observado. Esto se conseguiría mediante la experiencia plenamente consciente de un mundo subreal en el que los sucesos transcurren temporalmente en un escenario imaginario. En este nuevo mundo, lo único que permanece inmutable es el yo del soñador que aparece siempre como protagonista del episodio onírico o como espectador privilegiado de lo que en él acontece. Una vez que se ha alcanzado un grado de autoconciencia suficiente, la actividad de soñar, aunque declina en cantidad con el paso de los años, gana en complejidad y riqueza. Desde una visión darwiniana, la misión de los sueños sería la de colocar al individuo en situaciones hipotéticas que permitirían el estudio de estrategias de actuación, pero sin las consecuencias de ponerlas en práctica en el mundo real. De hecho, en los sueños es muy común el miedo y la ansiedad. Estas experiencias podrían ayudar a hacer frente a situaciones emocionalmente parecidas en el estado despierto. Sin embargo, los contenidos de los sueños, por muy impresionantes que sean, son descartados por nuestra memoria en la gran mayoría de los casos (aunque un despertar progresivo, intentando evocar su contenido, ayuda a recordarlos). Tal vez, hay que proteger al yo, que no confunda la vida con el sueño, y que sea consciente de que los sueños, sueños son.

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