A cinco lunas de la Tierra

 

Por el páramo

“Cuéntanos, pues, tu historia, viajero”.

Los arropaba una noche fresca, tranquila y propicia para relatar o escuchar al calor de aquella hoguera, perdida en la oscuridad del páramo. Sin embargo, la amenaza de acabar siendo pasto de aquellos animales, unas veces llamados cerdos y otras, marranos, le producía un desasosiego que atenazaba su garganta. Solamente el crepitar de las llamas desafiaba el silencio. Por lo demás, ni un murmullo, ni una tos, ni tan siquiera la respiración se oía de los que estaban esperando su relato: los nómadas. El baile de llamas mezclaba sus rostros, convirtiéndolos en una gran masa humana con decenas de ojos pendientes de él.

“De donde yo vengo…”, intentó articular, pero sus cuerdas vocales se hallaban enmarañadas como las cerdas de lino con las que se hacen las sogas.

“¡Bebe!”, le ordenó la nómada mientras le ofrecía con el brazo estirado una especie de pellejo hinchado.

Se acercó la prominencia del pellejo a la boca y empezó a sorber con gran esfuerzo. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, todos los nómadas, desde los viejos hasta los niños, comenzaron a reírse de él; todos menos ella.

“Así no”, le espetó con una mezcla de desdén e impaciencia a la vez que le arrebataba sin miramientos el pellejo de las manos. “¡Así!”. Y alzándolo por la base, apuntó con la prominencia a su boca entreabierta. Al hundir levemente sus dedos en el cuero hinchado, los destellos de un hilo de líquido rojizo rasgaron el aire para perderse mansamente entre los labios de la nómada.

Aunque ni una gota derramó la nómada por la piel cortada que recubría sus labios, se los repasó mecánicamente con el dorso de la mano. Le volvió a alcanzar el pellejo al tiempo que lo observaba con descaro. Le dio la impresión de que la rudeza de su gesto se suavizaba, pero  no fue más que una ilusión causada por la luz cambiante de las llamas. Su semblante seguía tenso; como tenso había estado desde el día que la conoció, cuando, sin saber ni cómo ni por qué, despertó en el interior de una tienda recostado en un poste y atado de pies y manos. Entonces, cuando sus ojos fueron recuperando la capacidad de componer imágenes en la retina, un rostro se fue definiendo por encima de toda la maraña de luces y sombras que borrosamente ocupaban su campo visual. Un rostro de mujer dura, con ángulos duros y recortado por un cabello en mechones negros; un rostro de ojos profundos del color de la tierra ocre de aquel desierto; un rostro de tez curtida por el aire y tostada por el sol; un rostro en el que se perfilaba el arco de unos labios gruesos que prometían dar cobijo a la más dulce de las sonrisas. Hasta ahora solo los había visto moverse para dirigirse a él con palabras ásperas y áridas. En consecuencia, cuando el viajero volvió a ser causa de risa del corro de nómadas al intentar beber de nuevo y desbordarse por su boca aquel fluido sabroso al que llamaban vino, los labios de la nómada apenas se alteraron. Acto seguido, las risas de los nómadas se acrecentaron y esta vez un atisbo de sonrisa pareció deshelar el semblante de la nómada cuando él se atragantó al intentar pasar aquella cantidad ingente de vino acumulada en su boca. Entonces, de la misma manera que el ambiente se empezaba a distender, las cuerdas vocales del viajero comenzaron a destensarse; y así comenzó a relatar.

“De donde yo vengo, no bebemos más que el agua que brota de los manantiales, no comemos más que los frutos que nos ofrecen los árboles y arbustos que nos rodean y los animalillos que cazamos. No necesitamos ir de un sitio a otro, puesto que lo que necesitamos para vivir lo tenemos al alcance de la mano. Mi gente me conoce por el nombre de Sendero, pues ya de pequeño tenía por costumbre ir abriendo sendas por donde antes a nadie se le había ocurrido pasar. Esta inquietud mía por explorar lo desconocido no era vista con buenos ojos por los mayores, puesto que nos decían que en el secreto de cómo hallar nuestro valle radicaba la supervivencia de nuestro pueblo. Sinceramente, los temidos salvajes que se suponía que habitaban fuera de nuestro entorno nunca dieron señales de su existencia y las únicas dos personas que jamás entraron en contacto con nuestra gente eran de natural pacífico. Aun así es comprensible el celo que ponen los mayores por evitar el contacto con extraños, ya que mi pueblo se encuentra prácticamente indefenso. Los que vivimos en el Valle lo hacemos bajo el abrigo de la Costumbre, y la Costumbre tiene una serie de normas muy estrictas. El uso de instrumentos está tremendamente restringido y pocas cosas hacemos que no sea usando las manos. La restricción alcanza de manera especial a las armas. Así, las pequeñas lanzas, cerbatanas y redes se emplean exclusivamente para ir a cazar. Se podría decir que somos incapaces de usar un arma contra otro ser humano. Por eso nunca nadie ha matado a alguien con un arma; no concebimos profanar el cuerpo humano con un objeto”. Se volvió entonces hacia la nómada y clavó en sus ojos una mirada que destilaba franqueza. “Por eso debes creerme cuando digo que no pude ser yo quien mató a tu compañero”, afirmó con seguridad.

“Eso lo decidiremos más tarde. Continúa”, lo cortó ásperamente la nómada mientras le aguantaba con frialdad la mirada.

“Os contaba que dos personas entraron en contacto con el poblado”, prosiguió con dificultad. Aquella manera de mirar le había helado los labios y resecado la garganta. “Recuerdo que a una de ellas la encontraron en una de las rutinarias exploraciones que a diario hacemos por los alrededores del Valle. Estaba como enajenada y era incapaz de recordar cómo había llegado hasta allí. A la otra, al Viejo, fue el azar el que me guió en su encuentro al aventurarme más de lo que me estaba encomendado. Los que tenemos la tarea de explorar también estamos sujetos a ciertas reglas, cuyo origen se pierde en el tiempo como casi todas nuestras costumbres.

“Te encontramos con un cuchillo en la mano mientras el nómada yacía a tu lado en el charco de su propia sangre”, lo interrumpió bruscamente un malhumorado anciano de mirada triste y gesto adusto. “Ahora no nos interesan tus costumbres. Solo que nos cuentes qué te llevó a clavarle el cuchillo”.

“Espera”, intervino otro anciano cuyos ojos verdes parecían brillar más que las propias llamas que los iluminaban. Tenía una mano amigablemente posada en el hombro del viejo malencarado y ahora se dirigía a él. “Que el viajero nos hable más de la tierra de donde viene”. 

“Lo que ocurra en su tierra nos concierne bien poco. Más le valdría que empezara por explicarnos qué andaba haciendo en lo alto del cerro. Llevamos mucho tiempo viajando hasta allí y nunca hemos visto un alma”, protestó uno de los nómadas al que se le veían poco más que el blanco de los ojos y el brillo de sus dientes.

“No seas tan impaciente, Gato”, volvió a decir el anciano de los ojos verdes, “que nos queda camino y muchas noches por delante. Además siempre hay algo que aprender de las costumbres de aquel que viene de lejos”. 

“Mal momento para aprender es este”, lo cortó la nómada. “Lo que necesitamos es saber lo que ocurrió”.

“Creo que el viajero nos tiene muchas cosas que contar. Escuchar sus andanzas no quita para que nos cuente lo ocurrido”, dijo un nómada de barba y melena espesa sentado al lado de ella.

“Cierto”, volvió a intervenir el de los ojos verdes. “Es impropio de los nómadas no exprimir todo el jugo a estos encuentros. No todos los días nuestro caminar se cruza con el de un extraño. Aprovechemos para escuchar la historia de los pasos que lo ha conducido hasta nosotros”.

“Más que contarla os la puedo mostrar”, intervino Sendero rápidamente, aprovechando sin dudarlo las oportunas palabras del anciano de ojos verdes. Todas las miradas se volvieron de nuevo hacia él. “Si queréis, si me dejáis, si confiáis, pues para ello necesito cierta ayuda de… esto”, y sacó de debajo de su vestido un rudimentario saquito de cuero que colgaba de su cuello, “y, sobre todo, vuestra”.

Tenía ahora toda su atención. Podía sentir cómo la curiosidad había empezado a sustituir al escepticismo inicial. Poco más necesitaba para empezar a usar lo único que en aquellos momentos tenía: sus pulmones, sus palabras y su historia. Por encima de su miedo, de la hostilidad que lo rodeaba y de la impaciencia mostrada hasta ahora, se alzó su voz llenando de sonido la oscuridad y encandilando por completo a los nómadas.

“De donde vengo, el contar historias es algo cotidiano y es costumbre el reunirse por la noche a escuchar a los que tienen el don de la voz. Con la hoguera en el centro nos sentamos así, formando un círculo, todos mirando hacia el fuego. No, no se habla, solamente se escucha. Se escucha a la noche, a las estrellas, a las llamas, pues es de ahí de donde nace la voz que os cuenta la historia. Pero la voz de la noche necesita compañía: la del sol y la de la tierra que dan vida a los cactus de los que obtenemos este extracto y también la del agua con la que lo mezclaremos”. Diciendo esto, ante la atónita mirada de los nómadas, sopesó el pellejo que todavía conservaba en sus manos y sacudió el saquito sobre su abertura para dejar caer un par de pizcas de polvo en su interior. Luego lo sacudió con energía procurando no verter nada y le dio un pequeño trago con mucha más elegancia que la vez anterior. “Ahora beberemos todos, poco a poco, hasta que se acabe. Para los niños con un único trago será suficiente”. 

El anciano de los ojos verdes se levantó, recibió el pellejo de manos de Sendero y probó cautelosamente el contenido. Esperó unos instantes antes de ofrecérselo al nómada de la barba espesa. 

“Espera, que el viajero le dé otro trago”, la voz era de mujer mayor y lo decía calmadamente, pero con firmeza.

El pellejo regresó a las manos de Sendero de inmediato, que no dudó en darle otro trago. El nómada barbudo se acercó hasta él, cogió el pellejo, bebió y volvió a sentarse al lado de la nómada. Sendero se dio cuenta de que esta no le había quitado el ojo de encima en todo este rato. Sin desclavar su mirada del viajero, la nómada agarró el pellejo, le dio un trago y se lo pasó a quien tenía a su lado. Así el pellejo comenzó a circular de mano en mano y de boca en boca hasta que lo vaciaron.

“Ha llegado el momento de callar y escuchar, el momento de sellar los labios y aguzar el oído. De parar de pensar y de abrir la mente. Porque, si escuchas, si te dejas conducir, la voz de la noche te transporta y, cuando cierras los ojos, ya estás en el corazón de la historia. Dejadme que os lleve a mi tierra de origen. No habléis, no penséis, cerrad los ojos y callad. Callad y escuchad, callad y escuchad, callad y escuchad”. La manera en que esto decía tenía una cadencia propia, de una cualidad tal, que los golpes de voz, aun sin llegar a cantar en ningún momento, hacían que su discurso sonara como si un instrumento de percusión articulara complejas palabras en lugar de producir sordos latidos. El ritmo, sutil, apenas perceptible, recordaba, al cerrar los ojos, al vaivén de las olas o el acunar de unos brazos y así ayudaba a sumirse en un plácido letargo. “Escuchad y soñad, escuchad y soñad… soñad y ved, soñad y ved… y ved, y ved, y ved, y ved las abruptas montañas, y ved que protegen mi valle; y ved cómo el sol ya se asoma, y ved cómo él baña mi valle; y ved que manantiales deshiela, y ved cómo nutren mi valle; y ved esas flores del bosque, y ved que madura mi valle; y ved que la gente amanece, y ved ya poblado mi valle…”.

En el Valle

Lo despertó, más que la claridad, el calorcillo de un rayuelo de sol al deslizarse por las rendijas del techado de brezo. Sendero se levantó y, al correr los lienzos de cáñamo que protegían la ventana de su chocilla, vio como el Valle también se desperezaba poco a poco. El sol ya había concluido su trabajosa ascensión sobre las cumbres de las montañas circundantes y ahora, altanero, derretía la poca nieve que todavía quedaba en ellas. Las hebras de agua se deslizaban por las faldas de las montañas y se entrelazaban hasta confluir en el poderoso riachuelo que mostraba el camino de salida del valle, el cual, agasajado por tal cantidad de agua, florecía agradecido y maduraba en forma de frutales. La gente comenzaba a salir perezosamente de sus chozas y a rellenar de vida los rincones de la aldea. De buena o mala gana, silbando o maldiciendo, cada uno de los aldeanos comenzaba la rutina de la tarea que tenía asignada. Afortunadamente, en esta jornada, la tarea de Sendero no era recolectar, ni limpiar, ni cualquier otro trabajo anodino, sino que se le había encomendado explorar más allá de la vertiente exterior de una de las montañas. En principio, aquellos parajes no ofrecían nada particular, o al menos eso había oído a compañeros que ya habían estado allí. Sin embargo, para Sendero todos los lugares nuevos eran particulares. Si por él fuera, ya habría coronado cada una de las cumbres que franqueaban el valle solo por darle gusto a sus ojos y llenarlos de paisaje, de horizonte, de lo que hay más allá. Si de él dependiera, prolongaría indefinidamente la duración de sus viajes en lugar de restringirlos a tres días como marcaba la estricta Costumbre. Pero ninguna voluntad individual podía contradecir la Costumbre.

Con el tiempo, el abrazo de la aldea había acabado por atenazarlo y había pasado de sentirse protegido a sentirse prisionero. En realidad no lo retenía la aldea; uno era muy libre de abandonarla con su Costumbre. Era el miedo al exterior quien lo sujetaba, el pánico a las consecuencias de no seguir las pautas de convivencia. Te lo inculcaban desde pequeño: solo aquel que sigue los dictados de la Costumbre puede permanecer en el Valle. Por supuesto, nadie quería salir de allí y, aunque quisiera, nadie osaría a hacerlo; habría que estar loco para siquiera considerarlo. Todo el mundo había visto con sus propios ojos lo que había más allá de las cumbres de las montañas: un paisaje completamente ajeno al verdor alegre del Valle, unos parajes cubiertos de desolación ocre y gris, y con siniestros rojos y negros de tierra envenenada y sin esperanza. Aunque algún arbolillo aislado pudiera saltear muy de cuando en cuando las laderas de las montañas lejanas, aunque un rastro de arbustejos desperdigados acompañara al río en su descenso, la vida acababa por desvanecerse al alejarse de su aldea. A pesar de esto, cada vez que Sendero recorría los confines del Valle, una fuerza extraña parecía agitarse en sus entrañas, y esta, por alguna razón incomprensible, le hacía añorar un lugar en el que jamás había estado, le hacía anhelar lo que nunca había conocido, le hacía extrañar lo que nunca había visto. Cuando se asomaba desde las montañas, podía escuchar a la muerte llamándolo dulce y melancólicamente a que se reuniera con ella.

Inanición, deshidratación, insolación o intoxicación eran varios de los posibles desenlaces para aquel que se aventuraba a marchar fuera del Valle. Por esta razón y por dictado de la Costumbre, las expediciones no duraban más de tres días y siempre eran dos las personas que salían a recorrer las desoladas montañas. Así, cargaban las provisiones necesarias y empleaban la primera jornada para ir a uno de los diferentes refugios que de antiguo se construyeron en lo alto de las montañas. En el segundo día, los dos exploradores se separaban e iniciaban una ruta cada uno por su cuenta y sin recorrido preestablecido. La exploración no podía durar más de un día bajo ningún concepto, debiendo volver al refugio a pasar la noche. Regresaban al Valle al amanecer y relataban a los habitantes de la aldea los resultados de su exploración. Nadie esperaba encontrar nada en particular, puesto que nada particular rodeaba el Valle. Roca muerta era el principal constituyente del paisaje: gris, negra, apagada y melancólica, sin liquen que adornara sus arrugas, anhelando musgo que la cubriera de vida. También polvo, que no tierra, gravilla y cantos de diversas formas y tamaños cubrían la corteza de aquellos lugares, salpicando de rojos y ocres, matizando de negros y grises una superficie fría y rocosa. Desperdigados, como si los hubieran tirado desde el aire, se hallaban una serie de engendros vegetales con forma de arbustos, tan cenicientos como el suelo en el que enraizaban. Completaban el panorama unos cuantos árboles retorcidos, agónicos, fruto de algún macabro tormento capaz de determinar la forma de brotar y crecer de sus ramas. Aunque aquellos árboles estaban vivos, el verde de sus brotes no era alegre y brillante, sino que, en armonía con el entorno, sus hojas eran oscuras y solo al contraste con la roca azabache se daba uno cuenta de que eran verdes y no negras. Además, sus ramas eran duras y tozudas, incapaces de curvarse dócilmente al paso del viento. Por eso no era raro ver árboles arrancados de cuajo, tendidos patéticamente sobre su tronco. Cuando esto ocurría, uno podía contemplar la maraña de raíces en todo su esplendor y con un poco de imaginación se podía hacer una idea de cómo conseguían mantenerse en pie en aquel lugar pelado y erosionado. El único verde aprovechable de aquel desierto era el de los preciados cactus que usaban para ayudarse a contar historias. Estos escaseaban, y el recolectarlos era, a ojos de Sendero, el motivo principal de aquellas expediciones. ¿Qué sentido tenía vigilar los confines del Valle si jamás se encontraba rastro de vida humana? En cuanto a animales, alguna vez llegaba alguien diciendo que había visto alguna culebra o algún lagarto, pero Sendero nunca había tenido tanta suerte. Con lo que no era difícil toparse era con insectos correteando, volando o brincando a sus anchas. Variaban en tamaño desde las saltarinas pulgas, pequeñas como arándanos, hasta escarabajos grandes como manzanas. A la mayoría de estos insectos se los podría clasificar como molestos e impertinentes: carentes del temor instintivo que suelen tener los animales más pequeños al encontrarse con seres considerablemente más grandes. Había algunos de ellos que tenían aguijón y sus picaduras causaban dolorosas inflamaciones y dolores de cabeza que podían durar varios días. En algunos casos, el veneno inoculado por estos animales podía ocasionar la muerte, por eso de cuando en cuando había exploradores que no regresaban. Dado el panorama, las expediciones se les antojaban un castigo a la mayoría. A Sendero era lo que lo mantenía vivo, y el transcurrir de los días tras su regreso no era sino una tediosa espera hasta la siguiente salida. Aun así nunca se le ocurrió alterar el calendario, acataba con prudencia lo que dictaba la Costumbre y jamás se aventuraba a explorar más allá de lo encomendado. Así fue al menos hasta que se topó con la cueva del Viejo. Si hubiera recorrido los caminos que, montaña arriba, montaña abajo, gobiernan el andar de los exploradores, hubiera necesitado al menos tres días para dar con la cueva del Viejo. Se hubiera tratado por lo tanto de un lugar imposible de hallar de no haber sido por la tendencia de Sendero a recorrer los caminos sin marcar. Ese día, después de pasar la noche en el refugio, dio accidentalmente con una sima al descender por la ladera de la montaña. Al bajar por ella y continuar por la galería, se encontró con algo completamente desconocido para la gente del Valle, un hallazgo que acabaría cambiando su vida y tal vez la de su pueblo. Era lógico que nadie hubiera encontrado aquel lugar hasta entonces, puesto que apareció de la nada, bajo los pies de Sendero, después de tomar la temeraria decisión de descender por la vertiente del barranquillo en lugar de hacerlo por la del camino de grava. Descendió sin problemas, pero en su caminar fue a parar a una terraza de firme traicionero. Fue allí donde el terreno desapareció repentinamente bajo sus pies. Inútiles resultaron sus desesperados intentos de aferrarse al suelo en descomposición y evitar así ser engullido por la tierra. Tan solo consiguió prolongar su agonía y agrandar el agujero por el que se estaba colando. Acabó aferrado a un terrón de polvo compactado y, cuando este acabó por desprenderse, se precipitó hacia la oscuridad de la sima recién formada. Afortunadamente, la caída en vertical tan solo duró un instante, siendo el resto un prolongado rodar por un plano severamente inclinado. Cuando por fin se detuvo, se sacudió el polvo que lo cubría por completo y alzó la vista. El peso de su cuerpo había abierto un tragaluz en aquella galería subterránea y no tendría la menor dificultad en salir de allí. Sin embargo, lejos de urgirle abandonar tan tenebroso lugar, la llamada de lo desconocido volvía a resonar con fuerza en su interior y le aconsejaba esperar a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad reinante. Se vio entonces recompensado con una sugerente mota de claridad en dirección opuesta a la sima. Sendero echó a andar hacia la luz con la esperanza de encontrar una salida alternativa. Al cabo de un buen rato caminando por un firme regular y ligeramente en pendiente, la galería acababa bruscamente para dar a un magnífico barranco. La boca de la cueva era como una ventana en la pared de la montaña por la que uno se podía asomar a lo que parecía un abismo de piedra. Sendero estaba aturdido ante aquel escenario que se abría majestuoso a su vista. Por primera vez contemplaba un paisaje que nada tenía que ver ni con el Valle ni con el desierto de piedra y polvo que lo rodeaba. La boca de aquella gruta era uno de los múltiples orificios que horadaban las paredes de un abrupto desfiladero por el que discurría accidentadamente, y en esto se fiaba más de su oído que de su vista, un pequeño arroyo. Sendero se recostó atónito en una de las rocas que había en la boca de la cueva y así se podría haber quedado durante un espacio de tiempo considerable si no hubiera sido porque la roca comenzó a moverse. Sobresaltado por el inesperado movimiento, dio un respingo en cuanto notó bajo su piel las sacudidas de la piedra y se volvió instintivamente hacia ella. Observó con asombro cómo, en lugar de volver al estado de reposo o rodar,  la piedra comenzó a deslizarse desafiando la pendiente para buscar cobijo en la penumbra. Por si esto fuera poco, quizás animadas por la osadía de la primera, el resto de las rocas que poblaban la salida de la cueva comenzaron a deslizarse pendiente arriba como ya hiciera la pionera. A Sendero lo invadió una extraña sensación de irrealidad y algo que se asemejaba al vértigo le recorrió todo el cuerpo cuando creyó verse resbalando en dirección opuesta a las rocas. De manera instintiva recolocó la posición de sus pies para asegurar su equilibrio. Luego bajó la vista para cerciorarse de que en efecto estaba firmemente plantado. Ya no le quedaba ninguna duda de que eran las rocas las que se movían. Vio entonces que una de ellas cambiaba de dirección para esquivarle. Estupefacto, siguió la trayectoria de aquel objeto supuestamente inanimado, que parecía tener vida propia, y advirtió un brillo difuso proveniente de su parte inferior. Atraído por este destello, inclinó el cuerpo y estiró el brazo para alcanzar la piedra con la mano. Al rodearla con sus dedos sintió una punzada de dolor en el índice. Si no fuera porque las piedras no tienen boca, juraría que el pedrusco le había tirado un mordisco. Volvió a coger la piedra poniendo esta vez más cuidado y atención. Cuando la levantó para ver qué ocultaba, descubrió para su sorpresa que no había nada debajo de ella. Al voltearla y examinarla más de cerca, tampoco encontró nada en su base. Sí descubrió que el tacto de la piedra, aunque rugoso y frío, nada tenía que ver con el resto de las rocas con las que hasta ahora se había topado. Todavía la estaba inspeccionando maravillado cuando de uno de los orificios de lo que antes había tomado por una roca asomó con cautela una cabecilla. Sus ojos observaban tranquilamente el panorama y su cuello se seguía estirando para poder mirar a un lado y a otro, tratando de entender qué hacía allí suspendida…

Desde el promontorio

“¡Tortugas!”, exclamó con voz estridente un niño para luego soltar una involuntaria carcajada. 

Aquella nota discordante en la melodía del relato fue suficiente para sacar a los nómadas del estado en el que se encontraban. Mientras el Viajero había estado contándoles su historia, sus palabras habían conseguido ir evocando imágenes tremendamente vívidas en su mente. Entonces, como quien despierta de un sueño, sus párpados se fueron levantando, y la noche con su hoguera volvió a sus retinas.

“Sí, tortugas”, contestó Sendero, sin ninguna intención de recuperar el trance, pues, una vez abandonado el curso de la historia, resultaba muy complicado volver a ella. “Yo no conocía aquel animal hasta ese día. El Viejo me dijo después cómo las llamaban. También me enseñó el nombre de muchas cosas que yo nunca había visto, ni él tampoco”. 

El niño entonces lo miró con extrañeza y desconfianza. Le clavaba sus ojazos saltones cargados de suspicacia y lo señalaba con su nariz puntiaguda como si hubiera algo que no terminaba de encajar en lo que Sendero acababa de contar. Parecía tener algo que decir, pero su condición de niño le pedía prudencia. Tarde reunió fuerzas para abrir la boca, pues el viejo de la cara triste ya estaba gruñendo de nuevo.

“¿Cómo se puede poner nombre a algo que nunca has visto?”. Dicho esto, agarró un tronco y lo echó a la hoguera. Instantes después, esta empezaba a crepitar agradecida. La historia de Sendero podía haber quedado en suspenso, pero quedaba noche para seguir charlando.

“Así como nosotros tenemos la voz y el extracto de cactus, el Viejo tenía sus imágenes”, contestó Sendero reconfortado por el interés que había conseguido despertar su relato. “Mi primera reacción ante los objetos que me enseñó fue una mezcla de fascinación y cautela. El Viejo supo aprovechar mi curiosidad para desarmarme de la protección que da el miedo a lo desconocido y darme el valor, si no para cuestionar, sí al menos para poder dar un rodeo a ciertas normas. Casi todo lo que yo aprendí del Viejo estaba prohibido por la Costumbre, pero él sabía cómo estimular mi mente y conseguía enseñarme lo que jamás debería haber aprendido. A la gente del Valle solo les  está permitido nombrar lo que conocemos de primera mano, solo podemos describir lo que hemos visto con nuestros propios ojos y contar lo que nos ha ocurrido en primera persona. El contar las historias que hemos oído de otros como si fueran reales no está permitido en ningún caso. Según dicen los que velan por que esto se cumpla a rajatabla, la información de segunda mano deforma la realidad y confunde a la gente; porque cada uno ha de ser responsable de lo que cuenta y no puede hacerse responsable de lo que cuentan los demás. Solo una serie de historias del mundo antiguo se transmiten de generación en generación. Esas historias nos cuentan cómo era la tierra que antes rodeaba el Valle. Con ellas aprendemos cómo la Costumbre nos protegía de un mundo que destilaba odio, violencia, miedo, avaricia, egoísmo, mentira… Y cuando el mundo que nos rodeaba desapareció, quedó la Costumbre para protegernos de nosotros mismos”. El fuego había acabado de prender el nuevo tronco y la hoguera desprendía un poco más de luz. Sendero se pudo fijar entonces en que parte de la dureza y de la tensión que antes componían el gesto de la nómada habían desaparecido de su rostro.

“Las costumbres son complejas en tu tierra, Viajero”, dijo la nómada con un tono menos despectivo, dando muestras de que el interés despertado parecía ser capaz de suavizar su trato.

“La Costumbre persigue la integridad del mundo que habitamos, evita cualquier tipo de deformación o confusión, ya sea de obra o de palabra. Así, cuando todavía somos niños, nos educan para luchar contra las fuentes de las que se alimenta la violencia, el egoísmo, la mentira…”.

“Y por eso no puedes mentir”, lo cortó secamente la nómada recordándole que se hallaba muy lejos de contar con su confianza. “Por eso dices la verdad cuando afirmas que nada tuviste que ver con la muerte de mi compañero”. Otra vez volvían las palabras áridas a la garganta y el dolor a su mirada. “Viajero, en mi tribu sí que conocemos la mentira y aprendemos a cargar con ella. Por eso sabemos que lo único que la separa de la verdad es la capacidad de convencer al resto. Nos hemos topado con gente extraña, pero nunca nadie como tú. Pareces acostumbrado a llevarte a la gente a tu camino”, esto último lo dijo lanzando una mirada que iba repasando los ojos de los nómadas como si se dirigiera a ellos en lugar de a Sendero, “pero ten presente que nuestra confianza en ti no garantiza tu inocencia. Los nómadas también tenemos nuestras reglas. De la misma manera que en tu pueblo existe la Costumbre, los miembros de esta tribu acatan una serie de normas que también se aplican a los extraños que interfieren con nosotros. En la tribu caminamos juntos como hermanos. Sin embargo, cualquier persona involucrada en la muerte de otra debe explicarse y rendir cuentas. En tu caso, es a mí, como antigua compañera y como conductora de la tribu, a quien corresponde escucharlas. Y te advierto de que necesitas algo más que bonitas historias para convencerme de tu inocencia. Pero anda tranquilo. No seré yo quien prive a mi gente de escuchar tu historia y por ello continuarás tu relato. Al final decidiré qué hacer contigo”. A pesar de la severidad de las palabras, el tono de la nómada se había ido relajando, como si se hubiera quitado un peso de encima al dejarle las cosas claras.

“Bien dicho, Mira, que los marranos no andan todavía flacos y no llevamos prisa por hacer que el Viajero se detenga”. Si Sendero se hubiera vuelto hacia la voz, hubiera visto la boca sonriente del nómada de tez oscura. Sin embargo, al escuchar el nombre de la nómada, volvió la cabeza hacia ella como por instinto. 

En ese instante los ojos de la nómada se clavaron en los de Sendero y él no apartó la mirada porque estaba absorto en ellos. “Mira, claro”, pensó.  Mientras, Mira observaba perpleja cómo el Viajero no bajaba la vista como era costumbre cuando ella lo miraba. Mucho había cambiado desde que lo recogieron en lo alto de aquel cerro. No solo era que la carne de cerdo le hiciera estar recuperando salud y cuerpo, sino que estaba perdiendo aquel aire de persona ausente. Como hombre, el Viajero no parecía nada extraordinario; era de piel blanca, fino y no especialmente alto. Tenía ojos cansados, tristones, y mechones de pelo castaño caían sobre su cara apagada y cubierta por una barba bastante descuidada. Solo su nariz, bonita a pesar de lo angulosa, confería algo de fuerza a un rostro bastante anodino por lo demás. Ahora la miraba embelesado, como si ella no pudiera verlo.  Por fin un gruñido de cerdo sacó a Sendero de su ensimismamiento. Bajó la mirada en cuanto se percató de que ella lo observaba con cara de incredulidad. Acto seguido volvió nerviosamente el rostro hacia donde estaban los marranos. Apenas se veían unos bultos en la oscuridad que acompasaban sus vaivenes con amables gruñidos y juguetones traqueteos de pezuñas. Como si se lo estuvieran recordando, le vino a la mente que uno de los finales más probables de aquel que mataba a un nómada era el acabar en el vientre de los cerdos tras ser convenientemente troceado. Por alguna extraña razón sabía que acataría con respeto aquella decisión llegado el caso. Después de todo, no eran mala gente los nómadas. En lugar de abandonarlo moribundo tal como lo encontraron, se tomaron la molestia de curarlo y cuidarlo. Poco recordaba de aquellos días que siguieron, pero al parecer tardó bastante en recuperarse, no solo de la sangre perdida por los múltiples cortes que había en su cuerpo, sino también de una extraña enfermedad que alternaba delirios, estados catatónicos y pérdidas de consciencia. Durante el tiempo que estuvo convaleciente, ninguno de los nómadas cruzó con él palabra alguna; se limitaban a traerle la comida y curarle las heridas. Mientras estaban acampados, lo ataban a un poste y luego colocaban sobre él unas telas a modo de tienda. Cuando tocaba viajar, le vendaban los ojos y alguno de los niños se encargaba de guiarlo. De hecho, fueron los niños los primeros en dirigirle la palabra. Al principio se asomaban curiosamente por las rendijas de la tienda y le hacían burla, a lo que Sendero respondía estoicamente con sonrisas. A medida que transcurrían los días, el resto de los nómadas fue iniciando de manera esporádica parcas conversaciones mediante las cuales se fue enterando a retazos de su situación. Así supo cómo lo encontraron en lo alto de un cerro yaciendo junto al cadáver de uno de los nómadas, al que hacía varios días que llevaban buscando. Cuando los encontraron, Sendero aferraba un cuchillo ensangrentado en la mano y el nómada reposaba sobre una pátina de sangre cuyo origen era una incisión mortal en el cuello. Comprendió entonces por qué la manera más sencilla de explicar todo aquello era que él había matado al nómada. Los motivos los desconocían, pero en ningún momento dieron la impresión de tener mucha prisa por escuchar las explicaciones de Sendero. A pesar de la gravedad del asunto, no parecía ser la mayor de sus preocupaciones. El desenlace de este desencuentro era en cambio la única preocupación de Sendero en estos momentos. 

“El día que me encontrasteis…”, comenzó a decir Sendero al hilo de sus propios devaneos, pero la frase quedó interrumpida cuando la nómada le mandó callar cruzando el índice sobre sus labios para seguidamente hablar ella.

“Paso a paso, Viajero. Desconozco cómo cuentas las historias a tu gente, pero a los nómadas nos gusta seguir las historias de principio a fin, sin que se quede nada en el camino por contar”. Ahora el tono era ligero, casi amable, como si la historia que Sendero tenía que contar no versara acerca de la muerte de su compañero. “Ya escucharemos lo que nos digas que ocurrió aquel día a su debido tiempo. Si andas con prisa por contarlo, recuerda que fue tuya la decisión de contarnos los pormenores”.

“Es que no conozco otra manera de contar mi historia”. 

“Afortunadamente para ti, no hay nada que nos guste más que escuchar relatos, y la manera en la que conduces tu historia hasta nosotros es especial; nunca nadie nos había transportado con tanta facilidad”, observó el de los ojos verdes.

“En algún momento nos tendrás que enseñar cómo lo haces”, añadió el de la melena espesa.

“De cualquier manera, continuar ahora con mi historia sería casi imposible”, explicó Sendero; “no para mí, sino para vosotros. Una vez que sales de ella no es sencillo volver a entrar, a no ser que se utilice una cantidad extraordinaria de extracto. Es mejor que continuemos la noche que viene”.

“Como quieras”. Mira ignoró convenientemente el coro de desaprobaciones y chasquidos de contrariedad. Fijó entonces su mirada en la hoguera menguante, como si tratara de leer algo en ella. “De cualquier manera se ha hecho tarde. Mañana habrá que levantarse de madrugada y comenzar a recuperar el tiempo que hemos perdido con la muerte de Caradeplata. Leo, Gatonegro, hay que llevar al Viajero de vuelta a su poste”.

Se levantaron entonces el de la tez oscura y el de la melena espesa y lo condujeron amablemente hasta el poste. Como solían ser ellos los encargados de atarlo desde que estaba en manos de la tribu, se había generado cierta familiaridad entre estos dos nómadas y el cautivo. Sendero se dejó hacer mansamente y los nómadas lo agradecieron. Quizás porque las cuerdas apretaban menos que de costumbre, no tardó en caer en un plácido sueño.

Aún faltaba para el alba cuando ya habían levantado el campamento y se disponían a desatar a Sendero. Pronto comprendió que en la dinámica de los nómadas el reposo quedaba relegado exclusivamente a los momentos en los que, bien por la oscuridad de la noche, bien por el calor del día, el caminar se hacia imposible. Habían aprendido que el tránsito de la noche al día era el momento ideal para comenzar su jornada. Con aquella luz, las estrellas más luminosas todavía no estaban eclipsadas por el azul del cielo y la claridad incipiente ya permitía adivinar el relieve del terreno. Por la posición de las estrellas, gracias a un arte que se perdía en el tiempo, podían orientarse en aquel mar de tierra, polvo y arena. Llamaban a aquello navegar. Una vez identificada la ruta, debían aprovechar las primeras horas del día; la inclinación de los rayos solares hacía su impacto soportable y el frescor dejado por la noche les permitía forzar la marcha sin miedo a sudar en exceso y deshidratarse.

Aquella mañana fue la primera que a Sendero lo dejaron con los ojos sin vendar y así pudo ver que quien se encargaba de guiar a los nómadas era la propia Mira. Después de haber recorrido un trecho considerable por aquel páramo desierto, Mira condujo a los nómadas hacia una solitaria formación rocosa. Por el momento las montañas de la lejanía todavía los protegían del sol, pero este no tardaría en asomar tras ellas para empezar a castigarlos. Entre las rocas hacia donde se dirigían no les sería difícil encontrar sombras para pasar sin apuros las horas más duras del día. Nada más llegar a los pies de la roqueda, Sendero tuvo la oportunidad de ver la diligencia con la que se organizaban los nómadas para construir el campamento. Al verlo parado, Mira se dirigió a él. Por primera vez no percibió ningún atisbo de rencor en sus palabras. Siempre las recordaría, no por lo que significaban, sino por lo hermoso que le sonó la combinación de sonidos al salir de sus labios: “Viajero, es hora de que arrimes el hombro. Ayuda a los hombres a montar la porqueriza”.

Seis estacas clavadas formando un hexágono y una más larga en el centro cubiertas por un entretejido de pieles y telas de diversa procedencia constituían la pintoresca estructura diseñada para proteger a los marranos del sol. Debía dar cierre a la porqueriza un entramado de cuerdas anudadas de estaca a estaca, y Sendero ayudaba con los nudos siguiendo las indicaciones de uno de los nómadas. La estaban montando al pie de las rocas aprovechando un lugar donde todavía daba la sombra. Cuando no le quedaban más cuerdas que anudar, fijó su atención en otro grupo de nómadas, en su mayoría mujeres, que levantaban la tienda de las personas, no muy lejos de la de los marranos, aprovechando también la sombra de la piedra. Sendero comprobaba el gran parecido de ambas tiendas. Apenas las diferenciaba el tamaño y un alfombrado de pieles y tejidos similares a los que formaban la propia tienda. Fue entonces cuando una niña nómada que había estado pululando por allí mientras trabajaban agarró del brazo a Sendero y le dio dos pequeños tirones para captar su atención.

“Viajero, ¿es verdad que en tu valle se puede comer toda la fruta que uno quiera?”. La niña parecía llevar tiempo rumiando la pregunta. Era guapa a pesar de lo desaliñado de su aspecto: ojos grises y grandes, nariz pequeña, mechones rubios y envuelta en una pátina de roña pulcramente asimilada por el moreno de su piel. 

“Bueno, no toda la que queremos, la recogemos para luego repartirla entre todos”, contestó Sendero prestándole toda su atención.

“Yo quiero que nos lleves a tu valle, pero Nagüel dice que te van a acabar comiendo los marranos por mentiroso”, dijo la niña señalando al primero de los dos niños nómadas que se acercaban.

“¡Y a ti te van a comer la lengua por bocazas!”, la regañó Nagüel. Sendero reconoció de inmediato los ojos vivarachos y la nariz inquisidora del niño nómada. Era delgado, de piel cobriza y pelo fosco.

“Además yo no he dicho eso. ¿A que no?”, añadió buscando la complicidad del segundo niño.

“Sí que lo has dicho”, contestó este con abrumadora sencillez. Era corpulento, de piel morena, pelo castaño y muy liso. Su cabeza, particularmente grande, contrastaba con unos ojos chiquitos y unas facciones delicadas.

“Y si lo he dicho, ¿qué?”, dijo Nagüel desafiante dirigiéndose a Sendero.

“¿Qué les andas contando a los niños, Viajero?”, preguntó Mira, que venía buscándolo.

“Nada, la verdad es que no me han dejado abrir la boca”, acertó a decir un Sendero intimidado, más que por las palabras, por la presencia de la nómada.

“Ven, acompáñame”, le ordenó con naturalidad mientras comenzaba a caminar.

“¿Me vas a atar otra vez al poste?”, preguntó Sendero resignado.

“No lo creemos necesario”, contestó Mira amablemente.

“¿Y no te preocupa que me escape o que acuchille a otro de los vuestros?”. La nómada, sin apenas disminuir el ritmo, volvió el rostro lentamente para mirar con dureza a Sendero haciéndole ver lo inoportuno del sarcasmo.

Mira dejó tiempo al Viajero para que rumiara su impertinencia en silencio; mientras, marcaba el paso de la cómoda ascensión por la cara en sombra de la formación rocosa. Un manto de tierra rojiza les permitía subir fácilmente por los caprichosos pasillos de aquel conjunto de rocas grisáceas. El viento, al rozar con las paredes de piedra, parecía quererle decir algo entre susurros. Cuando amainaba, podían escuchar las voces de los nómadas con nitidez y de vez en cuando los veía echar un vistazo hacia donde ellos estaban. Aun así, aquel paseo les proporcionaba un grado de intimidad que no hacía sino acentuar lo inapropiado y necio de la pregunta de Sendero. Sin ralentizar el paso, sin volverse hacia él, Mira pronunció las palabras que parecían explicar el motivo de aquel radical cambio en la actitud de los nómadas desde que Sendero les comenzara a contar su historia.

“Lo venimos discutiendo por el camino. Nadie te ve como un asesino capaz de detener la vida de alguien sin motivo. Necesitamos saber lo que ocurrió entre Caradeplata y tú, los pasos que llevaron a su muerte en lo alto de aquel cerro, pero ya habrá tiempo para que nos lo expliques. Otra de las cosas de las que venimos hablando es del valle al que nos has transportado, del valle del que dices que vienes. A mi gente le ha impactado el lugar que nos mostraste y quieren saber si se encuentra lejos, si podrías conducirnos hasta allí”.

“Creo que la niña me quería preguntar algo parecido hace un rato”, comentó Sendero, que había sentido cómo la tensión que antes lo agarrotaba se la habían ido llevando las palabras de la nómada.

“¡Anda con Luna!, tan pequeña y tan bien encaminada”, se le escapó a Mira sin poder evitar un amago de sonrisa. “¿Y qué le dijiste?”.

“Poco me dejaron decir. Luego llegaron los otros dos niños y… No te voy a decir que me sea imposible llegar al Valle, pues abandonarlo también parecía imposible y aquí estoy. Pero volver allí me va a resultar complicado, extremadamente complicado, además…”.

“¿Además qué?”, preguntó Mira incisiva, mostrando su disconformidad con las evasivas de Sendero.

“Mi destino ya no está unido al del Valle, ya no”. Sendero se quedó pensativo, como si le hubiera sorprendido su propia respuesta.

“No te andes por las ramas, contesta a mi pregunta”. Y volvió a mirarlo directamente con unos ojos que le exigían franqueza.

“La verdad es que no sabría volver”, contestó ligeramente turbado por aquellas pupilas. “Lo primero porque no sé dónde estoy, y lo segundo porque la manera de volver no la guardo en mi cabeza, sino en mi macuto, y este ya no lo llevo conmigo”. 

“No te sigo, explícate”.

El andar caprichoso los había ido conduciendo hasta lo alto de aquel promontorio, desde donde se podía contemplar la inmensidad de la planicie. Allí el viento soplaba con una fuerza extraordinaria, los cabellos azotaban sus caras y las telas de sus trajes temblaban con la corriente. En la cima las rocas estaban pulidas en formas sinuosas. A veces se podía ver cómo el aire lamía la roca para luego escupirla en forma de arena. También las palabras sufrían debido al silbido arrítmico causado por la erosión de la piedra y había que reforzarlas con gestos por si el viento se las llevaba. Instantes antes de pronunciar explícate, Mira había detenido con su mano el andar del Viajero sujetando con firmeza su brazo. Al romper la barrera física, Mira pudo palpar la firmeza de las fibras musculares bajo la capa de lino basto. Para Sendero, la presión firme y suave de los dedos de Mira en su carne significaba aliviar parte del rechazo que hasta ahora la nómada había mostrado hacia él. Como si el calor sentido le hubiera quemado la piel, la nómada soltó su presa al tiempo que el Viajero se volvía hacia ella. Sendero la miró a los ojos y ella le mantuvo la mirada. El percibir algo extraño en ellos, quizás la ausencia de la severidad y la frialdad habituales, hizo que Sendero continuara mirando fijamente a Mira, intentando descifrarla, durante un instante que pareció una eternidad. Mira sintió los ojos del Viajero desnudándole el alma. A pesar del desconcierto, evitó, no sin gran esfuerzo, desviar su mirada, huyendo de aquellas pupilas que se clavaban en las suyas. Finalmente, fue Sendero quien volvió la vista hacia la inmensidad del paisaje que se podía contemplar desde aquella posición.

“Mira”. La nómada, creyendo que había pronunciado su nombre, sintió un ligero cosquilleo en la boca del estómago. Sin embargo, el Viajero extendía el dedo indicando la dirección en la que debía dirigir su mirada. “El sol sale y se pone siempre por el mismo sitio. En mis viajes me guiaba con un artilugio que me indicaba esos dos puntos en todo momento. Sin él estoy tan perdido como el resto durante el día”.

“Conozco esa manera de orientarse”, dijo Mira mientras interponía su mano entre sus ojos y los rayos de un sol que seguía remontando, “pero seguir la rosa de los vientos por el páramo es muy impreciso. Por eso navegamos utilizando las estrellas”.

“No es tan impreciso, si se tiene el instrumento adecuado. Para volver al lugar de donde vengo, necesito ese instrumento y, sobre todo, saber dónde estoy. Sin saber dónde me encuentro me es imposible encontrar nada. Y el caso es que ni sé dónde estoy, ni a dónde nos dirigimos, ni de dónde partíamos”.

“Venimos transitando el llano, ya lejos del mar y de las montañas”, replicó Mira con cierta sequedad, provocada más por su propia impaciencia que por las imprecisiones del Viajero. “Venimos de donde te encontramos, de aquel cerro pegado a la costa. Podrías tratar de explicarme qué camino seguiste para llegar de tu valle al cerro”.

“Con las montañas a mi derecha y el mar a la izquierda”, contestó Sendero, satisfecho de poder dar una respuesta más directa.

“Eso no me dice mucho. No hay otra manera de llegar, a no ser que vengas de las montañas cercanas. Pero no tenemos noticias de que nadie transite por esos derroteros. ¿Hace mucho que partiste de tu valle?”.

“Sí, perdí la cuenta de las lunas que han pasado”. Sendero se había percatado de que una manera de irse ganando la confianza de la nómada era tratar de ser directo a la hora de responder a sus preguntas. “Sé que el Valle queda muy lejos del cerro y del mar. Pero no te puedo dar muchos más detalles”.

“Precisamente lo que necesitamos de tu andanza son los detalles”. Lo miró como quien pide ayuda. “Pero con tu manera de contar la historia sé que no me van a faltar. Hay que regresar ya”, dijo Mira tras comprobar que la sombra proyectada por sus cuerpos en el suelo empezaba a ser alarmantemente corta.

En su descenso del promontorio los rayos de sol flagelaban con intensidad creciente los cuerpos del hombre y de la mujer. Eran dos figuras pequeñas e insignificantes en aquella inmensidad. Desnudos, acabarían consumidos, sin la menor posibilidad de sobrevivir. Su piel estaba protegida por un pelo que apenas tupía cabeza y pubis, dejando el resto a merced de aquel ambiente hostil. Aun así, se los veía caminar desafiando tercamente al sol, al calor, a las rocas y a la arena de aquel desierto. La mujer y el hombre constituían la única muestra visible de vida en aquellos parajes. Nada más parecía ser capaz de habitar un territorio tan inhóspito y seco como aquel. Poca más agua quedaba en aquel entorno dejando a un lado la que manaba de los poros de su piel. Sin este precioso y continuo refresco serían incapaces de resistir la abrasión de un sol insoportable. Pero la capa de sudor nunca hubiera sido suficiente, también dependían de su ingenio para sobrevivir. Gracias a él habían aprendido a recubrir su cuerpo con una segunda piel hecha a base de fibras, trabajo de sus propias manos. A medio camino entre la cima y la tienda, la mujer juzgó prudente ponerse la capucha de su vestido para protegerse del sol. Al mirarla de reojo y verla encapuchada, el hombre imitó el gesto de manera instintiva y aprovechó para echar un vistazo a cómo aquel vestido, confeccionado a base de retales blancos y grises de diferentes tonalidades y texturas, se pegaba a su cuerpo por acción del viento. La mujer se volvió al sentirse observada, pero él ya no la miraba, sino que examinaba con detenimiento su propio vestido, como si se acabara de percatar de su singularidad: su túnica, a pesar de ser de un lino pardo bastante vulgar, llamaba la atención por lo uniforme de la pieza, pues lo habitual era ver confecciones de remiendos como los de la nómada.

“¿Te acompañaba alguien en tus viajes?”, le preguntó Mira después de llevar un rato preguntándose si habría más gente de su valle vagando por la Tierra.

“¿Ves nuestras sombras?”, contestó él señalando las proyecciones de sus cuerpos contra la piedra. “Es la primera vez que veo otra sombra trepar así por la roca junto a la mía. Desde que salí del Valle no he vuelto a caminar al lado de nadie”.

“Me cuesta entender que abandonaras tu valle y a tu gente para acabar vagando por esta tierra moribunda”.

“Te equivocas, esta tierra no está muriendo, sino todo lo contrario”, replicó apasionadamente, “poco a poco comienza a despertar de una horrible pesadilla… ¿Me estás pidiendo que continúe con mi historia?”.

“No, te estoy pidiendo una explicación, la razón de tu partida, apenas una palabra”. 

El lugar por el que ahora caminaban les permitía ver lo monótono y vacío de aquel paisaje. Sendero se fijó en cómo el calor que irradiaba el suelo difuminaba la línea en la que confluía el azul intenso del cielo con el ocre monótono de la tierra. Como buscando una palabra en aquel horizonte perdido, se quedó unos instantes callado. Era incapaz de recordar con claridad, y sus recuerdos golpeaban confusamente unos contra otros cada vez que trataba de hurgar en su memoria. Encontrar una palabra que recogiera su desarraigo, el porqué de su salida, la razón de su viaje y, en definitiva, el porqué había acabado recorriendo los rincones de esta tierra no era sencillo. Tenía la impresión de haber iniciado su viaje sin una voluntad clara, dejándose llevar, aceptando sumisamente lo que le tenía deparado el destino; realmente nunca se había parado a preguntarse la razón de su viaje. Pero el caso es que allí estaba y, si tuviera que echarle la culpa a alguien de sus penalidades, si alguien le indicó la manera de romper con el enclaustramiento del Valle, si alguien lo tentó mostrándole un camino diferente, ese alguien se llamaría “curiosidad”. Sin duda, su curiosidad había sido la detonante de todo: por curiosear acabó dando con el cubil del Viejo, su deseo de conocer forjó su relación con él y las ganas de aprender lo que nunca debería haber aprendido determinaron su salida del Valle.

“La curiosidad”, dijo finalmente Sendero.

“Detuvo el andar del gato”, completó Mira. Y lo miró casi con pena, recordándole que su vida, a pesar de estos momentos de relajación, todavía pendía del hilo de la historia que había comenzado a relatar la noche anterior.

Llegaron hasta la tienda sin escuchar más sonido que el de sus propios pasos en la arena y los silbidos lejanos del viento. El lugar que habían escogido para montarla no era casual en absoluto, pues las rocas no solo los resguardaban del aire, sino también del sol de mediodía. Los nómadas tenían por costumbre cubrir la tienda con una segunda capa para crear una cámara de aire entre los dos entretejidos de pieles y telas. Tras el primer umbral los esperaba una nómada fina y pequeña. Tenía el pelo muy negro y salpicado de hebras plateadas. Conservaba la piel relativamente clara a pesar de lo curtida por el sol, el aire y el tiempo. Las suaves arrugas de su rostro transmitían vida e historia y advertían de la conveniencia de escuchar cada palabra que saliera de sus gastados labios. Ahora escrutaba con sus ojos pequeños y oscuros a la recién llegada pareja, como si aquel repaso le bastara para calcular la trascendencia de aquel paseo.

“Os esperábamos”, les dijo severa. “No es prudente andar fuera de la tienda a estas horas”. Luego los invitó a pasar descorriendo la segunda capa de pieles mientras sonreía primero para sí, luego para Mira y finalmente para Sendero. “Además, andamos muertos de hambre”, añadió en cuanto cruzó el umbral. Dentro esperaban los nómadas.

Estando todos concentrados en aquel espacio, Sendero podía apreciar el tamaño de aquella gran familia. Resultaba fácil contarlos y darse cuenta de cuán pocos y variopintos eran. Si hubiera sido capaz de ordenarlos de mayor a menor hubiera empezado por el anciano de los ojos verdes, seguido de su compañera, el viejo gruñón, la mujer que los acababa de regañar, una mujer de piel clara, el hombre de piel oscura y la que parecía su hermana, el nómada melenudo, Mira, un grandullón pelirrojo, una mujer en avanzado estado de gestación, otra mujer de gran belleza que amamantaba a un bebé, un muchacho muy esbelto, una niña tranquila, Nagüel, el niño grueso, Luna y un niño pequeño que acababa de empezar a andar y se movía como cuatro. Durante el tiempo que llevaba con los nómadas, Sendero había podido verlos a casi todos, por separado, cuando entraban curiosos a verlo en su cautiverio. Desperdigados antes, cuando los vieron entrar, comenzaron a formar un corro y a servir la comida: carne curada de cerdo y un guiso a base de patatas y alguna que otra raíz de las que encontraban por el camino. El agua, inusualmente abundante, la habían obtenido de una especie de charca subterránea oculta en una pequeña gruta de la formación rocosa. En verdad tenían hambre y una vez que estuvieron todos sentados, abrieron la boca para poco más que introducir comida en ella y pedir el pellejo de agua para refrescarse. Así, casi sin pronunciar una palabra, se fueron saciando con los primeros bocados.

“Es una suerte que haya tanta agua”. Era el viejo de ojos verdes quien rompía el silencio con su voz sonora y quebrada. “Recuerdo, cuando era apenas un niño, que llegamos a este lugar y nos encontramos, para nuestra desesperación, con que no había agua suficiente para todo el grupo, mi antiguo grupo. Recuerdo, con los ojos de un niño, cuando todo te parece más grande y más difuso, la agitación inquieta de los vestidos de hombres y mujeres, su deambular desesperado y el cómo se llevaban las manos a la cabeza, caían de rodillas, sollozaban, se consolaban y se desconsolaban. Finalmente, se impuso la resignación y se acordó el separarse y repartirse por los alrededores para buscar otra fuente de agua en tan inhóspito lugar. Todos, a excepción de niños y ancianos, que hubieron de permanecer en las rocas, explorarían cada rincón de este páramo con la esperanza de encontrar algún manantial subterráneo, algún pozo abandonado, alguna planta que indicara la presencia de humedad… Partían en busca de agua y regresaban día tras día cada vez más cansados, cada vez más desanimados. Uno de esos días mis padres no regresaron. Tampoco regresaron al día siguiente. Tres días más tarde, los ancianos y los niños ya no permanecieron en las rocas desesperando, sino que acompañaron al resto en la búsqueda del agua, para vivir o morir todos juntos en el intento. Habían abandonado toda esperanza de encontrar agua en estos lugares y decidieron continuar su camino. Me dijeron que debía acompañarlos, puesto que era seguro que mis padres ya no regresarían. Yo no podía o no quería creerlos y había decidido permanecer allí, a esperarlos, a reunirme con ellos como habíamos acordado en el momento de despedirnos… Pero no pudo ser. Todavía me quedan cicatrices en las palmas de las manos de los cortes que me hizo la piedra cuando me tuvieron que arrancar de aquellas rocas. Lloré, grité, rabié, los mordí y golpeé hasta que perdí el sentido cuando las pocas fuerzas que me quedaban se desvanecieron de golpe. Recuperé el conocimiento con el traqueteo del carromato en el que iba subido y, sin pensármelo dos veces, salté y caí en el suelo. Cuando me incorporé eché a correr como un animalejo que se escapa de la jaula. Corrí en busca de mis padres, que en mi mente de niño debían de estar esperándome en la gruta de las rocas, donde ellos me dijeron que debía esperar. Tenía que llegar rápido, para no preocuparlos, para que no creyeran por un solo instante que los había abandonado. Y así, corrí y corrí en dirección a las rocas, que se veían tan pequeñas en la distancia. Corrí hasta que mis piernas comenzaron a temblar y no fueron capaces de aguantar mi peso. Caí, y con mi cara pegada al suelo sollocé sin lágrimas, pues mi cuerpo andaba tan seco como la tierra que me rodeaba. Me levanté y comencé a andar como pude, con la mirada puesta en aquellas rocas, que lentamente se acercaban a mí. Por fin logré alcanzar la gruta, donde no me esperaba nadie. Solo, en mi tristeza, derramé lágrimas secas hasta que el cansancio me fue arropando en un profundo sueño. El tiempo que estuve durmiendo lo desconozco, pero recuerdo que antes de despertar soñé que me despertaba. Me sacaban del letargo unas cariñosas sacudidas en el hombro, una mano firme y una voz cálida que decía mi nombre. Eran mi padre y mi madre, que por fin volvían para encontrarse conmigo en la gruta… Al final desperté, de verdad, y no eran ni mi padre ni mi madre ni nadie que yo conociera. De entre todos los rostros, tan ajenos a mí, aparecieron dos pupilas que me observaban con gran curiosidad. Eran de una niña que me dijo…”.

“Ojosverdes, yo te he encontrado, así que eres mío”, dijo la anciana que estaba a su lado, y posando su mano candorosamente sobre la del viejo continuó diciendo. “Era costumbre en nuestra tribu que aquel que encontraba algo se podía quedar con ello si así lo deseaba. De niña creía que también se aplicaba a las personas. Lo encontré tendido, tan profundamente dormido que ni siquiera se despertó cuando alcé sus párpados para ver si estaba muerto. Entonces vi sus ojos verdes que se movían rápidamente de un lado a otro. Andaba soñando. Llamé a los mayores, lo despertamos, lo recogimos y lo llevamos con nosotros. No tenía fuerzas ni para tragar la leche de marrana que le dimos. Así anduvo un par de días, más cerca de la muerte que de la vida. Y a pesar de eso, todavía tenía energía para decir que lo dejáramos allí, con sus padres. A pesar de sus protestas, los mayores no le hicieron caso y lo obligaron a dejar las rocas y a partir con nosotros. Además, eras mío”, concluyó volviéndose de nuevo hacia Ojosverdes.

“Ya lo sé. Si no hubiera sido tuyo, probablemente hubiera regresado a las rocas para morir esperando”. Las palabras de Ojosverdes acabaron en una sonrisa cargada de cansancio y melancolía. “Ha pasado mucho tiempo, tanto que mi cuerpo ya no puede seguir más. Como aquella vez, en este viaje he gastado las últimas fuerzas que me quedaban para llegar a este lugar, al que el destino me tiene atado de alguna manera. Ahora ya nadie podrá arrastrarme lejos de este lugar, ni los brazos fuertes de mi vieja tribu ni las pupilas curiosas de una niña. Solo la muerte podrá arrancarme ya de aquí y aquí me quedaré esperándola pacientemente, hasta que llegue”.

“Yo también me detendré con Ojosverdes”, dijo la anciana mirándolo directamente, a pesar de que sus palabras iban dirigidas a los nómadas. “Llevo toda una vida siguiendo sus pasos y este último también lo daré con él”. Y habló al resto de los nómadas todavía con la mirada fija en sus ojos verdes. “El agua es siempre valiosa, no hay que malgastarla con lágrimas. Nuestro andar por esta tierra ha llegado a su fin. El camino sigue sin Estela y Ojosverdes. Todos debemos aceptarlo”.

Tras un breve instante de silencio, el suficiente como para encajar aquel anuncio, y sin nada que decir porque ya estaba todo dicho, los nómadas fueron besando a la pareja, como un preámbulo de la despedida que habría de producirse cuando partieran al atardecer. Se levantaban sin prisa, sin orden, sin pausa y se acercaban a la pareja despacio, esperando su turno para despedirlos. Aunque más que una despedida parecía una especie de bendición, un aceptar la decisión, un comulgar con la pareja. Sendero observaba todo aquello sin apenas moverse, como sobrecogido por una solemnidad que en realidad no existía. Mira fue de las últimas en despedirse y, cuando lo hizo, se dirigió a Sendero: “Tú también debes despedirlos, Viajero, puesto que has caminado junto a ellos”. Imitando a los nómadas, Sendero se inclinó para dar un beso en el carrillo a la pareja de ancianos mientras permanecían sentados con las manos entrelazadas. En el momento de reincorporarse, la anciana lo agarró del brazo.

“Viajero, antes de la partida, nos gustaría que nos siguieras contando tu historia y que nos condujeras a ese valle una vez más. Será un bonito recuerdo que llevarse”, le pidió antes de soltarlo.

“Claro”, dijo Mira, “acabaremos de comer y después de la siesta el Viajero continuará con su historia. Luego partiremos”.

Los nómadas reanudaron la comida, en silencio pero con gran naturalidad. Sendero comenzó a reflexionar acerca de cómo habían aceptado sin gran esfuerzo la decisión de la pareja de ancianos. Es cierto que los había llenado de tristeza y a alguno le había costado unas pocas lágrimas, pero ahora todos charlaban y reían como si no les costara sentir una cosa y la contraria. De la misma manera, le sorprendía cómo había cambiado el trato y la actitud hacia su persona a raíz del comienzo de su historia: a pesar de que todavía no se había esclarecido la muerte del nómada y su vida aún dependía de la decisión de Mira, le daba la impresión de que comenzaban a tratarlo como a uno más de la tribu. Y aun así serían capaces de aceptar con esa misma naturalidad que en caso de ser encontrado culpable deberían ejecutarlo y trocearlo para alimentar con su cadáver a los marranos. Sendero percibía su destino como algo completamente ajeno al trato de familiaridad con el que la tribu lo estaba envolviendo. No le parecía una simple actitud interesada tras conocer la existencia de un lugar como el Valle, sino que su amabilidad parecía genuina, como si hubieran olvidado la razón de su encuentro. La muerte del nómada había supuesto una gran conmoción en la tribu. No obstante, debía de haber algo más que permitiera explicar su extraña actitud en los días que siguieron al trágico suceso. A pesar de que lo curaron y cuidaron, nadie se dignaba a dirigirle la palabra al principio. Si alguna vez intentó iniciar una conversación con alguno de los nómadas que entraban en la tienda donde estaba atado, esta fue cortada en seco. Las visitas eran cortas pero frecuentes, y a pesar de no hablar nada, sus miradas recorrían descaradamente una serie de cortes que cicatrizaban en su cuerpo; hasta que por fin los nómadas le explicaron que debía contarles la historia por la cual su camino se había cruzado con el de ellos. Sin embargo, por alguna razón que no le dijeron, los nómadas no podían permanecer más en aquel lugar y por eso debía acompañarlos. La historia, pues, tendría que contarla mientras caminaba con ellos.

Extrañamente contagiado por la manera en la que los nómadas se tomaban las cosas según venían, Sendero aceptó con naturalidad su nueva situación y así, después de la comida, hizo lo que el resto: se echó en el suelo y cerró los párpados.

Podría haber escapado durante la siesta mientras prácticamente todos dormían. Solo estaban despiertos, hablando entre susurros, la niña tranquila y el niño grueso. Parecían hermanos. Ola y Toro, creyó escuchar que se llamaban. Estaban tan a lo suyo que no se hubieran percatado de nada si Sendero hubiera decidido hurgar entre los bultos de los nómadas, donde seguramente se encontraba su macuto. Era posible que en él siguiera todo lo necesario para seguir viajando. Le hubiera costado sobrevivir por aquellos parajes, sin duda, pero había sido capaz de atravesar desiertos más desolados. Parecía una ocasión única para volver a ser de nuevo dueño de su destino. Aun así permaneció tendido en su sitio para recapacitar. El vuelco que había dado su relación con los nómadas hacía que de repente se encontrara más a gusto dentro que fuera de la tribu. Además, tenía una historia que ofrecerles. Pensando en cómo aquellas dos pobres razones justificaban el riesgo de ser ajusticiado, su mente cansada comenzó a divagar de aquella manera incongruente que señala el fin de la vigilia.

Estaba a punto de caer dormido cuando tuvo la inquietud propia de una revelación. Allí, entre las risas ahogadas de los niños despiertos, entre aquel coro de respiraciones placenteras, una imagen turbadora se cruzó en su camino hacia el sueño profundo. El origen de aquel sobresalto, de aquella punzada en la boca del estómago, habían sido unos labios abriéndose para descubrir una sonrisa. Y comprendió al instante que, así como a Ojosverdes lo había atrapado la mirada de una niña, a él lo había cautivado la sonrisa nunca vista de una nómada. Era un insulto a la lógica, un desacato al instinto, pero hacía que las cuerdas que lo habían retenido hasta hacía pocos días se le antojaran ahora insignificantes comparadas con aquella nueva forma de verse atado: un atisbo de la sonrisa de Mira, el movimiento que hacían sus labios al hablar, su mirar profundo o simplemente recordar el calor de sus dedos rodeando su brazo bastaban para que se sintiera atrapado.

Ahora, en lugar del sueño en el que había estado a punto de sumergirse, se hallaba inmerso en un profundo desasosiego. Una marea de preocupaciones enfrentadas comenzó a inundarle la cabeza sin que fuera capaz de lidiar con ninguna: la necesidad de convencer a la nómada de su inocencia, por cuánto tiempo iba a estar con aquella gente, cuándo iba a proseguir su viaje, dónde estaba, a dónde lo llevaban, de dónde venía, por qué se sentía tan diferente, cuándo iba a volver a recuperar el control de su camino… eran todos asuntos que más que ocupar espacio en su mente no hacían sino evidenciar la cantidad de huecos que esta tenía. Esto no le suponía ningún problema a la hora de hilar su historia para los nómadas. Además, intuía que ese mismo relato le serviría para ir poniendo en orden sus propios recuerdos. Aquella era una encrucijada en el camino que no por inesperada resultaba trivial, y convenía no precipitarse a la hora de dar el siguiente paso. Lo único que tenía claro es que no tenía nada claro. La razón por la que había iniciado su viaje se difuminaba. Esa motivación que siempre había tenido tan clara se cubría ahora de nubes con forma de labios, con forma de boca, con forma de ojos cerrados… y así, cayendo en un cielo con fondo de sueño, Sendero acabó por quedarse dormido. 

“Conduce hasta nosotros tu sueño, Viajero”.

“¿Cómo?”, preguntó Sendero incorporándose sobresaltado. Quien le había despertado era el joven corpulento. Luna y Nagüel estaban junto a él esperando impacientemente una respuesta. Mirando a un lado y a otro, pudo ver que la mayoría de los nómadas ya estaban levantados y a los pocos que aún dormían los sacaban de su letargo con esas mismas palabras.

“Cuéntanos con qué soñabas”, le dijo el muchacho con cierta timidez.

Sendero, ya más relajado, se acabó de incorporar y se sentó tranquilamente. Antes de que pudiera comenzar a desperezarse, Luna lo agarró de la manga del vestido para poder acompañar sus palabras con tirones.

“Rápido, que se te va a escapar”.

“¿Mi sueño? No sé, me parece que soñaba con un pozo lleno de nubes grises, pero no estoy seguro”. Siguiéndoles el juego cerró los ojos para intentar cazar ese sueño que se evaporaba de su mente. 

“No. Se fue. Ya no lo puedo recordar”.

“Has pensado en él más de la cuenta”, le dijo el muchacho. 

“La verdad es que nunca recuerdo bien mis sueños. Me pasa desde que salí del Valle. Desde entonces solo sueño con gente que nunca he visto y con lugares extraños en los que nunca he estado. Luego hay veces que escucho el eco de mi voz como si estuviera en una cueva y otras que todo lo que toco al estirar las manos es duro y frío como el metal. No recuerdo exactamente qué soñaba cuando estaba en el Valle, pero sí recuerdo que eran sueños que tenían más sentido”.

“La mente deambula libre cuando sueñas”, dijo el muchacho al tiempo que se acuclillaba; “que no le encuentres ningún sentido a los sueños no quiere decir que no lo tengan. Hay nómadas que creen que morir es regresar al mundo de los sueños para siempre. Para la próxima vez, recuerda que lo mejor es intentar no pensar directamente en el sueño, es mejor que sea él quien encuentre su propio camino”. 

“Es mi hermano”, dijo Luna con cierto orgullo.

“Me llaman Río”, añadió mientras extendía la mano. 

Sendero se fijó en el joven mientras estrechaba su antebrazo como gesto de fraternidad. Si Luna no le hubiera aclarado su relación con él, jamás hubiera imaginado su parentesco. Río era un joven fornido, de brazos fuertes y hombros anchos, al que la túnica con capucha típica entre los nómadas parecía estorbarle, pues solía abrírsela hasta la cintura para dejar su torso desnudo cuando el sol y el frío se lo permitían. De su cara de tez cobriza destacaba una nariz imponente, de anchas fosas nasales, bella y en armonía con el resto de las facciones: frente amplia, ojos negros ligeramente rasgados, pómulos salientes y labios gruesos. Su cabello era moreno y lacio y lo solía sujetar con una banda para que no cayera sobre su rostro.

Al ver que Mira se acercaba hacia ellos, Río se sentó a la vera de Sendero y lo mismo hicieron Luna y Nagüel. Poco a poco los nómadas fueron llegando y sentándose uno al lado de otro para acabar por formar un corro. En cuanto estuvieron todos, Mira se dirigió a Sendero.

“Viajero, es hora de que reanudes tu historia”.

“Necesito algo donde poder mezclar el extracto. Un poco de vino estaría bien, como la noche pasada”.

“No es momento de andar bebiendo vino”, dijo Mira con brusquedad. “Loba ha preparado una infusión”, añadió señalando a la mujer que los había recibido antes en el umbral de la tienda. Portaba una vasija ovalada con una caña metida y se acercó hasta donde estaba Sendero para dársela. “Puedes continuar con tu historia, Viajero, pero antes llévanos a tu valle una vez más”.

Sendero vertió el extracto de cactus en la vasija y se ayudó para disolverlo de la caña hueca. Dio un sorbo y se la pasó a Río. Tenía un sabor amargo, peculiar, y dejaba una sensación de aspereza y ganas de seguir bebiendo a pesar de no saber especialmente rico. La vasija comenzó a pasar de mano en mano hasta que le llegó de vuelta. El segundo trago lo encontró más placentero.

El Viajero esperó a que la vasija completara otra vuelta. Entonces, como la noche anterior, comenzó a relatar con aquella cadencia que los sumergía, ayudados por el extracto, en un trance tal que sus palabras eran capaces de evocar imágenes tan reales como los sueños. Y así callaron y escucharon, escucharon y soñaron, soñaron y vieron; y pasearon por los prados, y treparon a los frutales, y refrescaron sus pies en el arroyo, y subieron por las montañas, y bajaron por la gruta, y se encontraron de nuevo con las tortugas.

Página de promoción aquí: http://booklaunch.io/rauldelaflor/acincolunasdelatierra

Continuará…en el link de más abajo, la historia completa.

Se agradece tu comentario, espero que te guste.

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