Orgasmo: cuando el instinto no es suficiente.

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Sexo, neuronas y orgasmos complejos.

Como el resto de los mamíferos, el hombre se ha perpetuado como especie gracias a la reproducción sexual. Lo que distingue al hombre es la complejidad de sus procesos mentales, que aparecen gracias al extraordinario entramado de neuronas que nos encontramos en la corteza cerebral. Para motivar sexualmente a un cerebro tan complejo como el humano, no basta el instinto o el celo, sino que las emociones que regulan el deseo sexual tienen que estar a la altura de tal sofisticación. Cuando el cerebro se excita sexualmente, la motivación última es un estado mental de gran intensidad y carga hedónica que llamamos orgasmo. Sin esta motivación adicional, quién sabe si el hombre hubiera llegado a interesarse por la reproducción sexual.

A un nivel elemental, el sexo está íntimamente relacionado con un área del cerebro que se conoce como el “centro de placer”. En principio, este centro controla las motivaciones más básicas y animales de nuestro comportamiento: que me gusta, pues lo hago; que me disgusta, pues hago lo posible por no hacerlo; que ni me gusta ni me disgusta, pues lo ignoro. Cuando la información que proviene del centro del placer es procesada por la corteza cerebral la cosa se va complicando al entrar en juego otros procesos mentales: me gusta pero contigo no; me disgusta pero lo hago porque te quiero; ni me gusta ni me disgusta pero si sigue por ahí a lo mejor me acaba gustando. La manera en que se regulan estos procesos mentales de orden más complejo, que van a acabar decidiendo el comportamiento, va a estar determinada en gran medida por el grado de excitación sexual.

La excitación sexual es un proceso complejo que involucra cambios fisiológicos que van a modificar la manera en la que el cerebro interpreta la información sensorial. Ante los estímulos de carácter sexual se produce una serie de hormonas y neuropéptidos que van a modular la comunicación entre las neuronas que componen nuestro cerebro. De todas las sustancias capaces de modificar nuestro estado mental de excitación, es la testosterona la que desempeña el papel más claro.

Durante la pubertad la producción de testosterona y la aparición de sus receptores en el cerebro van a marcar la aparición del deseo sexual, inexistente como tal hasta entonces. A partir de entonces los niveles de esta hormona van a regular la capacidad de excitación del hombre. En las mujeres, sin embargo, los niveles de testosterona afectan de manera diferente a cada mujer y no basta para explicar el deseo sexual. Por otra parte, el hombre produce la mayoría de la testosterona en los testículos, mientras que la mujer lo hace en la glándula adrenal. La actividad de esta glándula está íntimamente ligada a estados de ánimo, mientras que los testículos parecen ir un poco más a su aire. Por lo tanto, la tan usada expresión de “pensar con la entrepierna” parece tener un fundamento fisiológico firme en el caso del hombre. En el cerebro la testosterona va a ejercer su acción sobre una amplia gama de circuitos cerebrales que también están influenciados por endorfinas y otros neuropéptidos. Estos circuitos van a recibir la información sensorial que está modificada por el estado de excitación. A su vez, los sentidos, en conjunción con recuerdos de experiencias previas, van a ir modificando el estado de excitación, y la mente acaba por lanzarse a la búsqueda de aquella experiencia de placer máximo a la que llamamos orgasmo.

La función del orgasmo es en el hombre relativamente sencilla de explicar, ya que es la búsqueda de este estado mental es lo que garantiza la perpetuación de la especie. La consecución del orgasmo es la señal que estaba esperando el aparato reproductor para transferir los espermatozoides y lanzarlos al encuentro con el óvulo. La función del orgasmo en la mujer es menos obvia, ya que desde un punto de vista reproductivo, el óvulo está ahí con orgasmo o sin él. Este tema genera no pocas polémicas en la comunidad científica entre los que piensan que el orgasmo femenino es un producto de la evolución y los que por el contrario opinan que esto no tiene fundamento. Estos últimos se basan en el hecho de que la frecuencia del orgasmo producido exclusivamente por la penetración varía notablemente de mujer a mujer. Sólo un 35% lo experimenta siempre o casi siempre, mientras que el 20% no lo ha experimentado en ninguna ocasión. Para otros científicos el orgasmo femenino no sería más que un subproducto, una especie de extra en la fisiología de la mujer sin ningún tipo de ventaja evolutiva. ¡Bendito subproducto!, que pensarán algunas. Esta afirmación se basa en el indudable parecido en cuanto a la anatomía de las conexiones nerviosas que hay entre el órgano masculino y el clítoris, que pasa a ser considerado un pene poco desarrollado pero con similar capacidad de excitación. En realidad el tema es más complejo ya que la raíz del clítoris está en contacto con la pared vaginal y proyecta terminaciones nerviosas que se pueden excitar a través de movimientos ocurridos en la vagina. De hecho, un estudio reciente viene a concluir que el famoso y elusivo punto G, del que no existe prueba anatómica alguna, se puede explicar con la excitación de la raíz del clítoris desde la pared de la vagina.

Con ventaja evolutiva o sin ella, el orgasmo femenino durante la penetración desempeña algún tipo de función en la mente de la mujer ya que produce sensación de bienestar, de seguridad y está relacionado con la inteligencia emocional y la calidad de la relación de pareja. Tanto es así, que la mujer tiene lo que se ha denominado plasticidad sexual, en la que su capacidad de excitación sexual está en continuo desarrollo y adaptación. En fin, que la capacidad de pensar con la entrepierna no está restringida al hombre.

¿Qué ocurre pues en ese momento que la gente busca cuando inicia una relación sexual? ¿ Qué estado mental, breve pero intenso sin igual, se alcanza cuando tenemos un orgasmo?

Un reciente estudio viene a concluir que aunque la manera de excitarse activa diferentes regiones en el cerebro del hombre y de la mujer, cuando se alcanza el orgasmo, ambos sexos lo hacen de igual manera. Las áreas que parecen regular los efectos del orgasmo la encontramos en el centro emocional del cerebro: la amígdala y partes de la corteza cerebral que se encargan del hedonismo, la saciedad, la urgencia, la desinhibición en el comportamiento, el placer y algo tan complejo como el control de la atención. Tras una suma especulativa, nos sale lo siguiente: El orgasmo es una emoción placentera tan intensa que toda tu atención se focaliza de manera absoluta en ella. El estado de conciencia está tan interiorizado que todo lo que te rodea desaparece en esos instantes que el tiempo parece detenerse. La desinhibición que esto produce ha hecho que te comportaras como si nada más en el mundo importara, y llevado por una sensación de urgencia incontrolable, has alcanzado un estado de saciedad máxima: la cima del hedonismo.

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